Durante las últimas semanas, hasta meses, la provisión del servicio eléctrico en todo el Ecuador ha sido más que deficiente, con altibajos, con cortes que no han sido informados de la debida manera, lo que hace que haya imprevisión y hasta improvisación en el desarrollo de las actividades diarias de todas las personas que vivimos en este atribulado Ecuador.
Si esto lo analizamos desde el punto de vista de las clases en las instituciones educativas, la situación es catastrófica, en medio de una realidad que ya fue afectada desde hace más de una década cuando se tomaron medidas absurdas por parte de la administración pública, como por ejemplo el cierre de las escuelas comunitarias, si a esto se suma la secuela que dejó la pandemia del Covid-19, la situación ya es gravísima.
Ahora, con los cortes de luz, los maestros y los alumnos están ciertamente angustiados, no solamente por las dudas sobre la periodicidad y la asistencia o no a clases, sino también por la incapacidad de conectarse cuando se hacen clases online, la dificultad para hacer los deberes a la luz de las velas, la incertidumbre sobre el futuro de sus clases.
Así, es bastante difícil superar los déficits que ya venimos arrastrando en educación en nuestro país, e indudablemente los perjudicados son los niños y los jóvenes ecuatorianos, que se quedan rezagados en procesos de enseñanza-aprendizaje, así como sus familias y, por supuesto, el Ecuador, que deja perder el talento y las oportunidades que se desperdician por situaciones que pudieron haberse previsto y remediado.
Esperemos que esta situación no se prolongue, que las aguas retornen a los ríos, llenen las represas y abunden los caudales, pero que también, al mismo tiempo, se trabaje en la generación de energía utilizando fuentes alternativas y sustentables, que tanta falta nos hacen.

